Tal vez la principal preocupación de nosotros los humanos es la supervivencia, el cómo vamos a lograr salir triunfantes en esta guerra que nos hiere, pero que irónicamente siempre ha sido patrocinada por nosotros mismos.
Es raro comenzar de este modo, por lo menos para mí, pero me parece pertinente resaltar que la destrucción que hoy en día vive nuestro planeta, ya sea a nivel ambiental, geográfico, ideológico o de cualquier otro tipo, obedece al extraño accionar de la especie “predominante”, es decir, del mono desnudo que de alguna manera busca vestirse de progreso, de poder, de felicidad y de muchas otras cosas que a través de la ciencia y el conocimiento adquirido ha tratado de hacer.
De la exploración habla Desmond Morris en su libro El mono desnudo, el cual se ocupa de estudiar de manera antropológica al hombre, comparándolo con un supuesto pariente animal muy cercano: el chimpancé. Pero el balance final de esta comparación es interesante, sobre todo cuando se plantea el límite exploratorio del mono vestido (así llamo yo al chimpancé). El caso es que debe hablarse si las cosas creadas por el mono desnudo son verdaderamente útiles y funcionales para su evolución o si en cambio se está nublando el rumbo por el que se debe guiar evitando tantas equivocaciones repetidas.
Volviendo al tema del comienzo, me pregunto si quizás el mono desnudo, en su afán de explorar y en el éxtasis de su neofilia ha proporcionado la sustancia que llenaría sus vacios y hasta sus caprichos (naturaleza que sólo tenemos los humanos) cuando crea objetos con una supuesta y completa usabilidad o interactividad pero que mata a los de su misma especie, y me refiero a las armas, a lo que le tenemos miedo pero que también nos quita ya el miedo, porque no sólo los juegos y las actividades lúdicas nos incitan a explorar, también lo malo es a veces lo que buscamos cuando nuestro animal interior se guía por el camino de lo curioso. Es nuestro comportamiento algo muy extraño y a veces totalmente incomprensible, el amor a lo nuevo y el miedo a lo nuevo son el punto resbaloso e inestable que muchas veces nos ha salvado de caer al abismo de nuestra propia extinción. Se me hace incomprensible nuestro comportamiento, porque teniendo un nivel alto de inteligencia por sobre todo los seres de este planeta, según dicen algunos, no hemos sido capaces de vestirnos bien, porque desnudos tampoco nos hemos visto bien. Tal vez estoy siendo muy señalador con esto, pero es que llegó la hora de mirarnos en el espejo para ver si es que el estar desnudos nos afecta y debemos vestirnos y tomar prestada la piel animal de nuestra supuesta descendencia (el mono vestido), o si es que ya nos hemos estado vistiendo pero al revés, con muchos rotos y con medidas desproporcionadas en nuestro atuendo, lo que hace que a veces no entendamos que no todo lo que es interactivo o usable es bueno, que cuando se habla de interactividad y de usabilidad, se habla de una verdadera evolución, del encuentro con alguna condición en un grado menor a la perfección (para no ser tan utópico) y con la seguridad de que lo que consideramos usable no nos sea traicionero (como las armas, el consumismo y el capitalismo), y creo que puede existir un camino de usabilidad mucho mejor por el simple hecho de que no lo hemos vivido, como por ejemplo, un tiempo en donde no se financie mas el uso y la “perfección” objetos bélicos, y así lograr, aunque sea un día la ausencia del “tronar” de la mala usabilidad, de pronto así el mono vestido deje atrás su neofobia y se atreva a jugar con nosotros, los monos desnudos; imaginémonos llevando un chimpancé al colegio, compartir momentos con ellos y preguntarles qué han pensado de nosotros en esto miles de años; imaginémonos al mono vestido desnudando su tímida “razón” y confesándonos por medio de un (casi) irreconocible dibujo el por qué ellos no han querido dar el paso (neofóbico para ellos y neofílico para nosotros) que nosotros atrevidamente dimos sin ver a través del espejo de la auto reflexión, si era bueno quitarnos el pelaje y quedarnos desnudos; si acaso nos estamos vistiendo, pero lo estamos haciendo mal; o si quizás habría sido mejor que nunca nos desnudáramos. Dejemos que algún día el mono vestido hable por nosotros.